sobre los límites y los umbrales

Estar en el mundo incluye un cómo además de un dónde.

¿Alguna vez te has parado a pensar en las cutículas de tus uñas, en los marcos de las ventanas o en el cáliz de las flores?

Las cutículas, los marcos, el cáliz son elementos umbral que responden no solo a través de su forma; sino a través de su función a un problema que necesita resolverse para alejarse del abismo.

Si la forma sigue a la función; hablamos de funcionalismo, del racionalismo pero se nos ha olvidado el mundo de “entre” las cosas.

Las cosas existen entre el “donde” y el “como”, pero sobretodo entre.

Empaquetar información desestima los entre para limitar sus características, para controlarla. Aunque controlar nunca ha sido una forma de habitar, ni de construir ni de pensar.

En arquitectura “entre” puede ser una calle, un jardín o una ventana. Y todos estos entre deben su personalidad a las cosas que limitan. Son elementos codependientes que existen a través de la hermandad de las partes, intangibles.

Yo creo que el “entre” de la arquitectura tiene un poco de dentro y un poco de fuera: un poco de filosofía y un poco de morfología . Y es en el entre donde aparece la obra: en el límite, en el modo de habitar, en el topos.

Un pueblo existe por su morfología hasta que la filosofía lo convierte en ciudad, en estado, en un ambiente de identidad.

Un jardín existe por su límite espacial hasta que su extensión desaparece en el horizonte y la mente deja de poseerlo.

Una ventana es umbral de lo existente entre lo que está dentro y lo que está fuera, y lo experimenta sin quemarse, en la distancia.

Por eso los umbrales mantienen viva la esencia de las cosas, y…

“La frontera no es aquello que termina algo, sino aquello a partir de donde algo comienza a ser lo que es (y comienza su esencia)” Heidegger, “Construir, habitar, pensar”.

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